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DIOS ESTÁ LOCO POR MÍ

29 julio, 2010

El día anterior había salido a la calle para hacer un par de cosas, y terminé haciendo veinte. Cuando volví a mi casa tuve un hambre de lobo… me comí todo lo que encontré. De dónde habría sacado yo tanta hambre? Seguí trabajando en mi casa, haciendo otro par de cosas que a su vez también se transformaron en otras veinte. Me fui a dormir tarde, a pesar de que mi intención para ese día había sido hacer sólo un par de cosas útiles y nada más. Dormí más de diez horas.

Al despertar me pareció que tenía compañía. No sólo eso… además me pareció como que me había pasado una aplanadora por encima. Se suponía que había descansado, pero de hecho me dolía un poco la cabeza. En un bostezo exhalé: “Diooos!!!” Realmente parecía que el mundo se había partido en dos, y sólo faltaba que yo me enterara del evento en el informativo… sólo que no tenia la menor intención de prender una radio o el televisor. Ya había tenido suficiente de malas noticias en los días anteriores.  Ya tenía un tiempo largo sin orar, ni meditar. De hecho, Dios había vuelto a ser una idea más que poética y mística, algo científicamente inalcanzable, y más bien se había transformado en la idea de otros, no la mía. Una carrera universitaria no del todo diferente a la Ingeniería o la Bioquímica, repleta de horarios de cursos, talleres, materias curriculares y de apoyo, y sobre todo muuucho estudio. Los nuevos docentes e instructores ocupaban los viejos lugares del clero, con papas y cardenales, eso también me había dejado un cansancio acumulado. Pero en esa mañana a la que hago referencia, me había despertado francamente cansada desde todos los puntos de vista posibles, y hasta el mero hecho de dormir me había resultado demoledor.

“Tengo la impresión de que me salvé de algo…, de algo grande, es sólo que no sé de qué”- me dije. “Bueno…, todo es cuestión de método. Hay que hacer algunos ejercicios respiratorios, concentrarse…, y ya pronto sabré de qué me he librado…, pero para que eso se me revele, tengo que permanecer calmada, entonces lograré conocer todo lo que está oculto” -pensé. Y allí mismo, todavía en la cama, me acomodé en más holgada posición para recuperarme del pesado sueño, acallando mis preocupados pensamientos, distendiendo mi cuerpo, aflojando mis tensos músculos en absoluto silencio… Inspiro…, exhalo…, inspiro el aireee…, exhalo el aire sucio que me sobraaa… Falta poco, ya casi estoy ahí, ya casi… llego…, sí…, a ese estado de conciencia ideal… Entonces, y sólo entonces… lo sabré todo… Un poquito más…, inspiro…, exhalo…

“Buen día, niña!! Vamos! Te invito el desayuno!” – dijo la… inoportuna compañía en forma de dos enormes ojos sin cejas, de los cuales no se sabía quien es el propietario. “Voy a hacer de cuenta que no escuché nada”- me dije. No le hice caso, por supuesto, tenía que seguir insistiendo con mi meditación, a ver si recuperaba el contacto perdido con mi Dios, el que una vez conocí, para que me dijera de qué me había salvado, y sobre todo, por qué.

“Vamos, vamos, prende la música! Vamos a desayunar juntos, despierta ya, niña!”, insistía la advenediza compañía, como si se hubiera propuesto obstruir mi demorado reencuentro con mi Dios. Abrí un sólo ojo con la intención de cerrarlo de inmediato y le respondi tajantemente: “Buen día, señor Ojos… No quiero ruidos ahora, gracias, estoy ocupada meditando y hablando con Quien realmente importa. Así que si es tan amable, podría retirarse? Y no me llame “niña”, que ya soy una mujer bastante crecidita, no le parece? Ahora, si tuviera la amabilidad, quiero estar sola… Gracias…” Cerré mi ojo apretando los párpados, con lo que el dolor de cabeza dijo “presente” otra vez. “Dios, qué dolor de cabeza…”

“Los órganos duelen cuando se exige mucho de ellos, ya lo has olvidado, niña?” – La inoportuna compañía seguía allí, y no se iba. Por supuesto, eso es una obviedad, pensé, cuando uno piensa mucho, duele la cabeza. Pero yo sólo estuve durmiendo. No sé lo que hago mientras duermo, genio!

“Recuerdas cuando te dije que no le des nombre a lo que no quieres en tu vida?” – inquirió, sin perder su tono dicharachero y casi seductor. Esta vez le contesté: “Sí, recuerdo eso muy bien, pero hay que estar atento a todo. No se le puede perder pisada a lo que se interpone entre mi Dios y yo”. Esperaba que luego de eso, el señor Ojos se retirara. Pero en cambio, siguió recordándome cosas que no necesitaba recordar.

“Recuerdas cuando te advertí que irían a aparecer quienes dijeran “Yo soy” y “Está aquí” o “Está allá, vayamos”, y que no hicieras caso, porque no sería Yo quien estuviera ahi?” Esto último sí que me sacó de la meditación. Abrí los ojos. “Okay, no me estás dejando meditar, me levanto pues. Conforme?” Y me levanté contrariada.

“Pero niña.., no lo tomes así. Para qué quieres saber de qué te he librado? Si lo supieras, entonces no te habrías librado.”- me recriminó cariñosamente. ” Ah…, claro – le retruqué- entonces, desde cuándo la ignorancia me protege? Hasta donde sé, mi Dios quiere que sea competente y que conozca bien al enemigo para detectarlo a tiempo por mis propios medios y aplicarle trasmutación”. El señor Ojos sonrió, y me seguía mirando con esa mirada bobalicona que ya me estaba resultando casi inadecuada. “Niña…, hay un tiempo para saber lo que es preciso, pero ahora es tiempo de que te invite el desayuno, y te invito a bailar. Prende la música, niña, vamos que la hice para tí.”

El señor Ojos ya se estaba poniendo majadero. Delante del aromático café con leche prendí la música, muy a mi pesar. “Baila conmigo! -me dijo- bueno, puedes bailar sentada si quieres, pero escucha lo que siento por ti, mi niña” Esto de “mi niña” ya me estaba resultando patético, pero no dije más nada. Prendí la música y seguí tomando mi café con leche, sintiéndome poco a poco y sin motivos aparentes, la persona más amada y afortunada del mundo.

“Está bien, -le dije- no estoy de humor para música clásica, ni música de iglesia, pero te voy a dar una chance, señor Ojos”.

“Dios! Sos tú?! No te tenía en esos ritmos tropicales. Pensé que lo tuyo era Beethoven, Mozart, Schubert y Cage” – exclamé asombrada.

“Yo inventé las sinfonías, claro que Ludwig me hizo caso y me escuchó claramente a pesar de ser sordo por fuera. Pero eso no es todo. Además de valses, sonatas, nocturnos y rapsodias, tengo miles de maneras de decirte que no me importa cómo me llames, ni con quién me confundas, Yo Soy El que te ama, niña, mi niña, para siempre… Estoy loco por tí! Y me alegró tanto saber que me estabas buscando, que quise invitarte a desayunar conmigo y a bailar para celebrar juntos. Es que te amo con locura!”

Sintiéndome así, tan querida, le acepté eso de “niña”, y dejé para otra ocasión mis extrañas inquietudes acerca de “¿qué no me había pasado a mí?”, ya que… no era necesario.

Jacquie Bloggera

No importa qué tan crecidos estemos, qué tan adultos seamos, todos somos niños mientras caminamos de la mano del Padre. Dejémonos guiar por Él, y todo estará bien a pesar de toda apariencia.

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